Las ruinas.

Qué paz. Y qué daño. Cómo dueles. Cómo puede llegar a doler tanto. El abandono voluntario. El yo aquí ya no pinto nada. El o tú o yo, y puestos a escoger, yo. Cómo duele romperse por dentro y aguantarse de cara a la galería. Como si te hubieran pasado por encima cinco tanques y tú como si nada oye. Sin un rasguño. Externo, claro. Cómo pasa factura todo lo que haces. Todo lo que he hecho. Cómo cambian las cosas, y las personas, y las relaciones. Cómo pudiste estar tan arriba y caer tan bajo. Yo quería ser como tú. Yo te admiré en algún momento de mi vida. Fuiste un referente. Un modelo a seguir. Qué irónico. Eres todo lo que no quiero ser. Eres todo lo que no quiero que mi pareja sea. Ni mucho menos mis hijos.

El estallido de una bomba. El terror de no saber qué ha pasado, dónde estás.

Cómo se puede querer tanto y tan mal. Qué mal me has querido. Tan mal que no puedo arriesgarme a que nadie me quiera así. Ni un poquito. Tan mal, que no puedo permitir dejar entrar a nadie a mi vida. No vaya a ser que me rompan, si cabe, aún más. Qué mal me has sentado. Qué dolor de cabeza. Cuántas noches. Qué impotencia. Y eso que soy fuerte. Y mira que aguanto. Y que lucho, cómo tú siempre me repetías. Y cómo te echo de menos, joder. Todavía no entiendo qué hay en ti para ser así. Para querer todo esto para mi. Para estar dispuesto a destrozar a alguien con tal de salir tú airoso. Cómo has sido capaz de cruzar los límites. Así, sin más. Como si no pasara nada. Como si eso no marcara un antes y un después. La gota que colma el vaso. El hasta aquí hemos llegado. El ya no quiero saber nada más de ti. Como has permitido ponerme en esta situación. Protegerme de lo que me debía proteger. Dejarme con la duda de que si tu eres capaz de hacerme esto, de qué serán capaces los demás.

Qué ha pasado. Dónde están las piezas del puzzle que lo unen todo. Encontrar trozos de cosas rotas por ahí. El caos. El desorden. Ruinas.

Qué paz. El no estar agarrada a ti. Metida en un tarro de cristal sin poder salir. Qué tranquilidad saber que, por mucho que lo intentes, nunca podrás ponerme cadenas. Que mi libertad no se compra. Que no puedes atraparme. Que voy a salir a pesar de todo. Y voy a salir bien. Y me voy a ir. Que aunque nade mal y lento, no me ahogo. Qué paz saber que, sea quién sea que me haga daño, lo voy a sacar de mi vida. Porque, créeme que si te he sacado a ti, puedo con todo lo demás. Que yo no sé de rupturas, pero ésta…ésta ha sido desgarradora. Y ni aún con esas, podrás arrastrarme. Porque he descubierto que la familia se elige, y son esos los que te salvan. Que sí se puede. Se puede todo. Que mi coco es lo más valioso que tengo. Y que nunca todo va mal. Qué paz saber, que yo algún día te perdonaré.

Y que después del tsunami, sólo queda sacar la cabeza, poner las cosas en orden y volver a empezar. Porque las ruinas, las ruinas son un regalo. Son la única manera de volver a construir.

Ruptura

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Ha sido desgarrador.
Ponerlo todo patas arriba.

Dejarme la piel.
Sacar los tanques, las uñas y los dientes.

Pero tu me enseñaste que
uno nunca deja de luchar.

Si es tu vida la que está en juego.
Contra todo. Contra todos.

Sólo te olvidaste explicarme
que entre los contras,
te incluías tú también.

 

Cágala.

Momentos bonitos.
Momentos bonitos.

Ha llegado el gran momento. Sí, sí, ese momento. En el que nos planteamos qué hemos hecho este año y qué nuevos planes hay para el siguiente. Nos pasamos 364 días del año esperando ese punto de inflexión. El 31 de diciembre. Con la única esperanza de que sí, esta vez sí sea aquel momento decisivo, en que saltas de la cama, y coges el toro por los cuernos. Craso error. Las luchas se libran cada día, señores. Cada día. Por eso no sirven de nada los nuevos propósitos. Porque todos tienen un punto en común: no la cagues, amigo. Esta vez, vas a hacer deporte, cuidar tu alimentación, apuntarte a un retiro espiritual y tomarte las cosas con más calma. De verdad deseo que nadie se proponga mierdas así. La vida no está hecha para pasar en línea recta, bien calladito y sin ningún rasguño. Así que, por favor, ponte las pilas y cágala. Por mí y por todos tus compañeros.

Y es que está muy bien hacer las cosas bien. Pero es inútil. A veces hay que meter la pata. Hasta el fondo. Mancharte un poco o joderlo todo. Perder. Fracasar. Eso a lo que tenemos tanto miedo. Eso que nos atrevemos a juzgar. Como si estuviéramos haciendo el mismo camino. Como si lleváramos la misma carga. Una vez leí que aquello que te molesta de los demás es una proyección de ti mismo. Bastante acertado. Y ahí está el problema: tolerancia a la frustración. Asumir tus marrones, vivir con ellos. Siempre vamos a cometer errores, queriendo y sin querer. Ese no es el punto. La clave está en cómo reaccionas. En si eres capaz de aguantarte en una cuerda floja sabiendo que puedes caer. Oye, y que si te caes, te levantas. Y punto. Oh, queridos, y cuesta. Cuesta dejarnos caer. Dejarnos cagarla. Por eso mi deseo en estas fechas es que la cagues. Porque si no la cagas, no vives. Y si no te perdonas, no avanzas. Así que cágala, aprende y perdónate después. Que la vida es más bonita cuando la vives.

Y en este llamamiento a la cagada generalizada y haciendo una mirada atrás, brindo por mis cagadas. Porque sin ellas, no estaría escribiendo esto. Sin ellas no creces, no aprendes y no construyes nada. Y quién esté libre de pecado que tire la primera piedra. Y, poniendo las cagadas encima de la mesa, ahí van las mejores cosas que han pasado este año:

  1. El primer año de trabajo. La gente con la que comparto mis días. Las risas, los restaurantes y las palabras en clave. Por poner toda la carne en el asador.
  2. Las medias maratones y la primera maratón. De Barcelona y de Collserola. La mejor decisión de mi vida. Todo lo que he aprendido corriendo. Las caídas.
  3. Perú. Coger un coche y conducir sin rumbo. Colarse en la piscina de un hostal por la noche. Mariam. Su risa. Subir una montaña de arena en el desierto de Ica. La Panamericana. El arroz y la palta.
  4. El viaje a Nueva York. La escuela de cocina. Los bares. Un bocata de coliflor. Chipotle. La frase de alguien al despedirme. Sin segundas intenciones, sin asuntos turbios, simple y directamente.
  5. Mi persona. Despedirme. Saber que está en paz. Su voz. Las risas al teléfono. Da igual si tres minutos antes estaba llorando. Las apuestas. El hilo rojo.
  6. El concierto de Juan Luis Guerra. Las burbujas de amor y la bilirubina. Porque es verdad que, todo tiene su hora, cariño. Los frentes abiertos. El vestido azul. El 7. Las velocidades. Todo lo que se dice y no se hace.
  7. La India. Las cacas de vaca, los indios, la policía corrupta, las miradas y los trenes nocturnos. Dormir en el suelo de un tren. La gente.
  8. Los reencuentros. Después de dos años. Saber que estás bien después de los atentados de París. Tus planes de futuro. Los míos. Retomar conversaciones que se quedaron atrás. Y que te acuerdes de ellas. Saber que siempre volveremos.

La India.

Namasté

“El amor es como ir a la India: te llenas de mierda, pero te cambia la vida”

Antes de irme la verdad es que me informé muy poco. Sólo tenía en la cabeza los comentarios de la gente que ya había ido. Y para qué negarlo, iba acojonada. Y es que, realmente, hasta que no vas, hasta que no vives en carne y hueso cada situación, no te das cuenta de que sí, la India te cambia la vida.

Para poner en contexto, decidimos este viaje cinco amigas. Acabamos yendo cuatro. Nosotras (muy ilusas, sí) cogimos cuatro mochilas de 10 kg cada una y sin haber planeado nada aterrizamos en Delhi un 4 de agosto. Así, tan panchas. Y claro, como no podía ser de otra manera, se nos lió un poco el asunto. Para evitar ponerme el cartel de tonta/inocente en la frente, hay historias que las dejo para petit comité. Después de pelearnos con todos los indios, las risas, los lloros, las cervezas, las llamadas telefónicas, el acoso callejero sufrido y pisar todas las cacas de vaca habidas y por haber en la región norte de la India, puedo sacar una conclusión en firme: sí, ir a la India te cambia la vida.

  1. Para salir de la mierda hay que pisar mucha mierda. Sí, señores. Yo, patosa de nacimiento, pisé muchas cacas de vaca. Al principio me cabreaba. Después me fui acostumbrando a esquivarlas. Y si pisaba una, pues, bueno, dicen que da suerte, ¿no? Y es que después de un cierto tiempo te das cuenta de que hasta que no aprendes a tolerar la frustración, la tristeza, el vacío (la mierda, vamos) no eres capaz de superarte, de sacar lo bueno. Hasta que no caes, no te levantas. Y vivimos en una sociedad en que lo importante es demostrar que estás bien. No. Lo importante es tolerarte. A ti. A tus frustraciones, tus tristezas y tus angustias. La lucha más difícil es la que tienes contra ti mismo. Eso es lo que me enseñó pisar muchas cacas de vaca. Fíjate qué barata me salió la moraleja.
  2. La importancia de lo que no se dice. El lenguaje no verbal. Las miradas. Esas miradas. No sé porqué se ha perdido la hermosa costumbre de mirarse. Sin vergüenzas. Directamente. A los ojos. La mayoría de la gente con la que nos cruzábamos no tenía ni idea de inglés. Pero daba igual, descubrí que lo que no se dice, dice mucho más. Y yo, tan acostumbrada a lo directo, a las cosas claras y el chocolate espeso. Aprendí que a veces sólo hace falta una mirada para saber que todo está bien, que sí, que esa persona es de fiar. No hace falta decir que nos intentaron timar un mínimo de 3.000 veces. Y alguna que otra coló (sólo al principio que íbamos tan felices cuál Heidi en los alpes suizos) y bueno, obviamente acabas cabreada y maldiciendo un poco (sólo un poco) el momento en que decidiste gastarte tu dinero en un viaje “espiritual” a la India. Pero poco a poco, cuando te vas soltando, cuando aprendes a dejarte llevar por tus sensaciones, vas captando todo aquello que la gente no dice, pero que está allí. No me olvidaré jamás de la sonrisa de esas mujeres. Ni de esos niños al salir de la escuela que hablaban sólo con los ojos.
  3. Let it be. Dios mío. No hay nada que me haya marcado más en este viaje. Las cosas hay que dejarlas fluir, que sean. Suena hippie, lo sé. Pero es cierto. Desde el minuto uno que nos levantábamos, sabíamos que ese día iba a pasar de todo menos lo planificado. Por mucho que te empeñes en que las cosas sean de una determinada manera, hay un punto en el que hay que ceder. En un país así, caótico, era imposible querer planear algo. Todo salía al revés (¡y qué suerte, por favor!). Gracias a eso, descubrimos sitios espectaculares y gente maravillosa. Yo no planeé cambiar de repente los planes y coger un tren nocturno a las 12 de la noche en un pueblo perdido de la India. Yo no planeé que hubiera 50 hombres rodeándonos en esa estación de tren porque éramos las únicas extranjeras (y mujeres) allí a esas horas. Yo no planeé dormir en el suelo de ese tren con varios ojos mirándome fijamente. Y si me hubieran dicho que iba a acabar una noche en esas condiciones, creo que no hubiera comprado nunca los vuelos a la India. Yo, muy delicadita, planeaba viajar en 1ª o 2ª clase con AC (aire acondicionado). Pero llega la vida y te sorprende. Y gracias que no todo sale como quieres, porque a veces lo que mejor que te pasa es que no te pasa lo que quieres.
  4. Personas buenas, haberlas haylas. En todo el mundo. Aquí y en la China. Después de las situaciones en las que nos vimos, empezamos a darnos cuenta de que siempre había alguien que nos había ayudado. Siempre. Durante el viaje en ese tren nocturno conocimos a dos chicos que trabajaban en el tren que nos pusieron manteles en el suelo para que nos pudiéramos tumbar sobre algo “limpio”. Se pelearon con el revisor (que nos quería echar de ese vagón). Conocimos a un señor mayor que no hablaba inglés y se peleó con el revisor también. Nos despertó antes de nuestra parada de tren para avisarnos que debíamos bajar en la siguiente. Coincidimos con una señora que no se atrevía a tocar mi iPhone para hacernos una foto. Y aprendimos a hacernos las tontas. Que a veces, ir de lista sale caro. En Bombay conocimos a una chica que había vivido en Barcelona y su amigo nos hizo un tour por la ciudad. Siempre, a pesar de todas las situaciones en las que te encuentres, hay personas que te facilitan la vida.
  5. IMG_1823Los pantalones se te van a romper muchas veces. Y te vas a quedar con el culo al aire unas cuantas veces más. Y te puedes cabrear. O aceptarlo y tirar para adelante (eso sí, con el culo al aire). Una noche fuimos a ver un ritual en el Ganges y mis (queridísimas) amigas se empeñaron en verlo desde una barca de madera. Me senté y al levantarme se me rompió la parte de atrás del pantalón (los pantalones que llevábamos eran muy finos y cutres). Si esto me pasara en Barcelona me moriría de vergüenza. Sin embargo, en la India me moría de vergüenza y de miedo de que alguien se volviera loco por ver algo más que un tobillo. Pero al final me fui con un jersey atado a la cintura y muy digna. Al principio me ofusqué mucho, dejé de apreciar todo lo demás porque llevaba los pantalones rotos (y se me veía algo más que el tobillo). Y después me di cuenta de lo tontamente que me estaba comportando. Que los pantalones son lo de menos, que todo tiene solución. Que a veces vas a quedarte “en pelotas”, que lo importante es tu actitud. Que a veces hay que joderse un poco. Y no pasa nada. Ajo y agua, dicen.
  6. A pelear. Por todo. Por nada. Por todo lo que a ti te importe. Contra todo lo que se ponga por delante. De verdad. Desde que nos pusieran más Nutella en las tostadas (sí, sí, lo juro) hasta que nos cobraran lo “correcto” en un tuc-tuc. Desde el restaurante al que queríamos ir a cenar hasta que me hicieran caso a mí antes que a un hombre en la cola. Nos hemos acostumbrado a vivir sabiendo que tenemos unos derechos, y que por lo tanto, si vas a un bar y te pides un café con leche te van a traer eso y no un zumo de papaya. Bueno, esto parece muy obvio, pero la mayoría de la población no tiene esta suerte. La mentalidad con la que viven, es “sálvese quien pueda” y “tonto el último”. Es la ley del más fuerte y ya puedes pelearte bien porque no vas a conseguir nada porque haya una declaración de los derechos humanos pululando por algún lado. Tengo que reconocer que nos pimplaron 200€. Sí, nos timaron descaradamente. Cuando nos enteramos de eso, estuvimos “negociando” 8h con todo el mundo (policía corrupta incluida) para recuperar nuestro dinero. Jamás he luchado tanto en mi vida por esa cantidad de dinero. Y lo recuperamos. Incluso hubo un fugitivo de lo tenso que se estaba poniendo aquello (saludos desde aquí a nuestro amigo y fiel compañero de viaje: Antonio).
  7. Tener morro. Mucho. Descarado. Oye, que el no ya lo tienes. Al principio iba cortada. Un país tan diferente, todo el mundo te mira. Te intentan vender cosas, lo que sea. Y además, de una manera muy agresiva, no cómo estamos acostumbrados. Hay tanta gente, que simplemente careces de importancia. Te haces pequeño. O sea que o empiezas a tener el mismo descaro que ellos o te ahogas entre la multitud. Me acostumbré tanto a decir que no. A pedirlo todo, hasta lo más obvio. Sin considerar lo que podían pensar de mí. Me daba igual. Y creo que gracias al morro y el descaro que tuvimos, sobrevivimos a ese viaje. Dejamos de pagar a taxistas que nos querían timar. Hacía fotos a los que me hacían fotos. Decía las cosas 500 veces si consideraba que no me hacían caso. Que no sirve de nada ir por la vida pidiendo perdón y con la cabeza agachada. Que está bien ver el partido desde las gradas, pero hay un momento en el que hay que salir al campo a jugar. Y para eso se requieren pelotas.
  8. La intuición es, y será, una de tus mejores armas. No creía en ella. Pensaba que era mentira. Prejuicios. Eso era para mí. Pero no, me dí cuenta que la intuición se entrena y puedes fiarte de ella. Las personas que nos cruzamos transmiten algo. Y ese algo tiene importancia. Me he pegado muchas bofetadas no dejándome guiar por mi intuición. Muchas. Cuando hay alguien que te da mala espina, aléjate. Hay algo que va mal allí. Cuando estás tan lejos y no tienes todas los recursos que tu quisieras, tus sentidos se agudizan. Y todo empieza a ser más puro, más real. Las cosas se captan mejor. Y te das cuenta de pequeños detalles que en otro momento no serías consciente. A veces no es hasta que acabas algo con una persona que no te das cuenta de la cantidad de cosas que no funcionaban. En realidad sí que eras consciente, pero simplemente las dejabas pasar. A eso me refiero. Si hay algo que te hace saltar la alarma, es que seguramente estará sonando de verdad.
  9. El miedo existe, sí, pero en tu cabeza. El primer día en Delhi. Ese canguele caminando por el mercado y sus callejuelas. Esquivando personas, tuc-tucs y vacas. Fui a la India acojonada. Por todo lo que las noticias y la gente te pone en la cabeza. Y sí, claro que es peligroso, pero hay una parte de miedo que te lo generas tú. Y los demás lo notan. Y es contraproducente. Obviamente, el miedo sirve para evitar ponerte en determinadas situaciones que sabes que son de riesgo. Pero también paraliza. Corta. Por eso, es mejor no hacerle mucho caso. Mejor dicho, saber diferenciar entre tu intuición y tus miedos. Nuestro amigo Antonio nos propuso ir a dormir a su casa porque no íbamos a salir de Delhi ese día (las calles estaban inundadas y todo el tráfico bloqueado). Ahora lo pienso y no sé qué hubiera pasado si hubiéramos aceptado su proposición. Yo qué sé si estaba compinchado con más gente. Ese día en Delhi, pasé más estrés que todo el que he pasado en mis 23 cortos años de vida. Y no era necesario. Sí, hay que ir con cuatro ojos de más, pero no, no hace falta amargarse la existencia.
  10. A dejar ir. Cada vez que vas a crecer, vas a dejar ir algo o a alguien. Hubo un punto de inflexión en ese viaje. Entre el antes y el después. Yo venía de unos meses eufórica en mi vida (me pasé abril, mayo, junio y julio que parecía que había tomado pastillas de la felicidad). Todo me iba y me parecía bien, tan bien que asustaba. Estaba tan pletórica en mi vida que dejé entrar a todo el mundo en ella. Y no, no todo el mundo debía haber entrado. Obviamente hay cosas o personas que se marchan solas, sin que tu les digas adiós. Y esa es la mejor demostración de que no deberían estar en tus vidas. ¿Que alguien decide irse cuándo vienen curvas? Come, baila y bebe, que la vida es breve. De la que te has librado, corazón. Dejar ir situaciones o personas es, después de saber perdonar, una de las experiencias más liberadoras que he vivido. Porque no todo el mundo está en tu vida de principio a fin, y eso está bien. Porque hay que dejar un hueco para los que están por llegar. Crecer es aprender a despedirse, dicen. Una vez leí que un final es un inicio tan bien disfrazado que al principio no lo reconoces. Cuánta razón.

    Nosotras, en plan Heidi.

 

A contracorriente.

Viena

Qué manía, esa de hacer ver que no sentimos. No la entiendo. Joder, todo el día con miedos. Quiero hacer una declaración en firme. No voy a esconder nada de lo que pase por mi cabeza ni mi corazón. Me niego a no estar dispuesta a quedar expuesta. Fin. Paso. Yo voy a contracorriente. Yo quiero sentirlo. Yo quiero vivir. Mucho y todo. Lo bueno, lo malo y lo regular. Todo. Paso de cosas a medias y mediocres que no conducen a nada y no tienen sentido. Que manía con las velocidades en las relaciones, me da igual de qué tipo. Que manía con tu sientes más/menos y con los “no eres tú, soy yo”. Sí claro que sí joder, claro que eres tú. Rancio. Pobre. Carente de pelotas. Sí, tú. Con acento. Bien marcado. Mediocridad en estado puro.

Que no, que me niego a creer que en la vida todo encaja y sucede a la perfección. Que no, que hay veces que hay que llegar derrapando, despeinado, con barro en la ropa y rasguños en el alma. Y de eso se trata. Porque dudo mucho de que te acuerdes de las cosas sin sabor. Planas. Yo prefiero lo amargo antes que el sin sabor. Prefiero acordarme de aquello que escocía de lo ácido que era. Porque la vida no vale la pena si no la cagas. Porque quien no llora, no mama. Por eso, quiero que mi vida suba y baje. Paso. Paso mucho de que sea todo igual y estable. Porque a pesar de tener miedo quiero seguir haciendo lo que me hace palpitar, lo que me reconcome por dentro, lo que me hace saltar. Porque la única manera de obtener las mejores cosas de la vida es estar dispuesto a quedar vulnerable. Sí, ya está, lo declaro oficialmente: sí, estoy llena de miedos. Pero no, esta vez no pienso hacer ni puto caso. Aquí pongo un punto y final. Se acabó tener miedo al miedo. Y no, eso no significa que me vaya a volver loca. Significa que no me voy a callar ante nada. Que voy a darle prioridad a las cosas que me mueven de verdad.

No sé tú, pero a mi me pone correr, me mola. Me encanta ver y notar lo que mi cuerpo es capaz de aguantar. Comprobar que a pesar de lo cansado que te sientas físicamente al final lo que manda es tu cabeza. Y mientras eso funcione, lo demás tira. Vamos si tira. Tira como que haces 42,195km y te pasas una semana sin creerte lo que has hecho. Por eso, no hay trabajo, persona u “obligación” en este mundo capaz de quitarme estos momentos. No voy a ceder ante algo que me libera, que me hace volar. Eso para empezar. No sé tampoco, pero yo soy un culo inquieto, tengo muchos proyectos y planes en mente. Y exijo. Exijo que aquellos que estén a mi lado los tengan también, a su medida, a su manera. Pero que no pierdan nunca el brillo en sus ojos por aquello que les mueve, que les revuelve el estómago. Exijo que esas personas, esas que cuento con una mano, vivan por un proyecto personal, suyo e insustituible. Que no se vendan por nada ni nadie. Exijo que se lo curren conmigo, tanto como yo con ellos. Que estén en las duras, en las duras y en las maduras. Exijo que sean capaces de saber querer. Tarea muy complicada reservada sólo para valientes. Porque sí, perdonar (de verdad) es de valientes.

Lo dicho, que sí, yo hoy he decidido plantarme. No en el sentido de dejar de luchar. He tomado una decisión. No voy a callarme. No voy a ceder. Que no, he dicho. Que me niego. No voy a dejarme llevar por el miedo al compromiso, el miedo a estar solo, el miedo a expresar, el miedo a sentir, el miedo a que te rompan, el miedo generalizado a vivir. Porque todo eso son miedos. Y el miedo es aquello que te pasa por dentro cuando estás a punto de hacer lo que tienes que hacer. Y como he dicho antes, yo voy a contracorriente. Y quién quiera, que se una. Y quién no, que se aparte. Pero que me dejen pasar, que nado, y nado muy bien.

Veintipico castañas.

Castañas a oscuras.
Castañas a oscuras.

No entiendo a la gente que no quiere decir su edad. Tampoco entiendo a los que no quieren cumplir años. No entiendo por qué en nuestra sociedad la edad es algo de lo que hay que avergonzarse. Mi madre siempre dice que hay un punto en la vida de una persona en el que ya no se cumplen años, se cumplen castañas. Y digo yo, ¿qué le pasa a la gente con convertir un día en algo tan terrible y dramático? La vida me ha puesto en mi sitio con los años, ¿por qué debería estarle desagradecida?

Y es que joder, ya sea a golpes o con caricias, se aprende. Claro que se aprende:

Que querer y saber querer son dos cosas distintas. Que lo primero sale solo pero saber querer requiere madurez. Que duele más que no te sepan querer. Que hay personas que vienen y van, pero las que quieran quedarse en tu vida, encontrarán una manera de estar.

Que no eres tu trabajo ni tu extracto bancario. Que al final sólo compites contra ti mismo.

Que la única manera de disfrutar de las cosas es estar dispuesto a perderlas. Que ser valiente trata de querer querer. Y que el problema, muchas veces, no es que no se pueda, es que no se quiera suficiente. Que el amor es compromiso y una apuesta en firme. Que en la vida hay cuatro mierdas importantes y por las que vale la pena luchar.

Que las personas “fenomenales” no son interesantes. Que la seguridad no se busca fuera, se construye desde dentro. Que crecer con alguien es muy gratificante pero que más temprano que tarde tendrás que crecer solo. Que para vivir en paz hay que estar dispuesto a quedar expuesto. Que crecer es asumir las consecuencias de tus actos y saber decir adiós.

Que las crisis y las turbulencias son buenas. Si continuas a pesar de ello. Que tener miedo no es malo, es un indicador de que algo está cambiando. Que lo que importa no es lo que digas ni cómo te sientas, es cómo actúes. Que todos tenemos demonios, sólo hay que aprender a convivir con ellos.

Y que el conformismo es la excusa de los mediocres.

Donde dije digo, digo Diego.

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M&C en Imperial, Perú.

Falta de compromiso. No nos queremos suficiente, y lo que es peor, no sabemos querer. Este mundo está lleno de gente, de personas, de hombres y mujeres, de trabajadores, religiosos y ateos, impulsivos y reflexivos, buenos y malos, libres y esclavos. Está lleno de gente que quiere, pero el amor amigos, de cualquier tipo, es compromiso. Eso es lo que está faltando. Y a veces me indigna. El compromiso no es seguir “en la rueda” porque no sepas dónde caerte muerto. El compromiso es la voluntad bien formada de una persona que ha aprendido a vivir con sus demonios. Todos tenemos demonios, me refiero a esas cosas de nosotros con las que nos cuesta mucho (y repito, MUCHO) convivir. Cómo es posible que una persona acepte a otra y decida compartir su vida con ella si ni si quiera es capaz de aguantarse a sí mismo en los momentos malos, si ni siquiera se conoce, si ni siquiera sabe cuáles son sus demonios? Si no aceptas los tuyos y sabes llevarlos, no aceptarás nunca los de nadie.

El otro día leí un texto de un blog que recomiendo aquí. Hablaba de los valientes, de que las personas sin rasguños no interesan, interesan los que tienen heridas, los que son capaces de dar un paso y decir: apuesto por ti a pesar de todo. El compromiso es voluntad y una decisión en firme. Por eso no entiendo el exceso de conformismo en esta sociedad. Todo está bien, todos somos iguales. Yo digo que no, las personas destacan, por sus luchas, sus idas y venidas, por sus logros…

A veces nos pasamos mucho tiempo lamentándonos por problemas que parecen ser externos. Una gran parte de nuestros problemas es que no decidimos nuestra actitud hacia ellos. Me corrijo, gran parte de nuestras penas y sufrimientos vienen de nuestra falta de decisión. Parece que tengamos miedo a coger la sartén por el mango, a apostar fuerte por las personas, porque no apostamos ni por nosotros mismos. Por eso no queremos suficiente, porque nos da miedo, porque no hemos aceptado a nuestros demonios. No queremos decidir porque no sabemos ni lo que queremos. No me extraña que hayan más divorcios, más países en guerra y más hambre en el mundo. No sabemos querer. Porque querer es compromiso, y el compromiso implica tomar decisiones. Para tomar decisiones hay que ser valiente, conocerse y saber cuáles son tus demonios. ¡Y qué paz trae a la mente esto tan aparentemente sencillo!